Ayer oí en la radio que no era posible estimar el área de caída hasta dos horas antes del momento de impacto (cuando el satélite estuviera a unos 10.000 km de distancia), debido a que la actividad solar va modificando su trayectoria.
Anoche aún no lo tenían muy claro, y se barajaban zonas muy distantes entre sí, como Estados Unidos o la costa chilena. La última previsión apuntaba a Canadá. Lo cierto es que, a esta hora, la NASA no ha desvelado aún el punto de impacto de los restos del satélite.
Me llamó poderosamente la atención la cifra de probabilidad que la NASA daba para argumentar lo difícil que resulta sufrir daños humanos en caso de caída de objetos orbitales. En el caso del satélite UARS, la probabilidad de daño se estima en 1/3200. Un cálculo rápido nos permite deducir que la NASA debía tener una buena previsión de donde caería el satélite. Veamos: el radio medio de la Tierra es de 6.371 km, con lo que la superficie de ésta ronda unos 510.064.472 km cuadrados. Si toda la información de que se dispone es que puede caer por igual en cualquier punto del planeta, inferiríamos un poder de devastación del satélite de unos 510.064.472/3200=159.395 km cuadrados, lo cual es imposible por enorme.
Pero una probabilidad tan alta (1/3200 es un valor nada despreciable) me induce a pensar que el satélite ha caído en tierra firme. Repitiendo el cálculo, y suponiendo ahora que nuestra única información fiable es que ha caído en tierra firme, éste arroja un poder devastador del satélite de unos 39.849 km cuadrados (ya que las masas continentales son alrededor de un cuarto de la superficie terrestre). Este valor se me antoja aún gigantesco. Por tanto la NASA dio un valor de probabilidad con una buena estimación del territorio donde, con una probabilidad del 100%, iba a caer el satélite.
Lo que me llamó también la atención fue la llamada de las autoridades italianas a la permanencia de la población en los domicilios ante la probabilidad (1,5%) de que los restos del satélite cayeran en el norte de Italia. Desde mi punto de vista se trata de una medida absurda. El hecho de que la gente se refugie en sus casas no disminuye la probabilidad de impacto sobre áreas pobladas. Pero es que además creo que el impacto de un fragmento de tamaño suficiente sería capaz de originar tales destrozos en un edificio o vivienda que seguramente causaría heridos o muertos.
(Una información posterior, publicada en la misma página de El Mundo, actualizada a las 11:03, revela que varios fragmentos han caído en el oeste de Canadá, en la ciudad de Okotoks, al sur de Calgary. No iba pues muy desencaminado en mi suposición).
Publicado: 2011-09-24
En cierta ocasión leí que la realización de uno mismo como persona pasa por la creación de cosas con las propias manos; ése es el acto que de alguna manera nos devuelve parte de nuestra utilidad perdida y nos hace más humanos. En la sociedad de los bits y los bytes, de las cosas intangibles, son pocas las personas realmente útiles, las que de veras pueden ayudar a su prójimo.
Yo no soy una de ellas. ¿En qué medida la creación de útiles virtuales puede ayudar a mis familiares, a mis amigos, a mis vecinos? Creo que en poca. No estoy hablando del trabajo remunerado, de la aportación a la sociedad. Hablo de la ayuda directa a quien tenemos al lado y a nosotros mismos: hablo de montar un grifo, instalar un enchufe, tejer un jersey, alicatar una pared, construir mosquiteras, y mil y una acciones más.
Admiro a la gente mañosa, la que construye, repara, ensambla y modifica con sus propias manos; los llamados despectivamente (incluso por ellos mismos) ñapas. Ahora entiendo el valor de las clases de manualidades que me impartían en la infancia y que entonces tanto denostaba.
En una reducción a lo fundamental, ¿qué sé hacer? Aporrear el teclado de un ordenador. Y muchos congéneres míos es lo único que de veras saben hacer. He de hacer propósito de enmienda y aprender algo realmente útil para los que tengo a mi lado; entretanto sólo seré deudor de ayuda ajena.
Publicado: 2011-09-05
El código CVV (Card Verification Value o Código de Verificación de Tarjeta) de una tarjeta Visa es un número de tres dígitos situado en el reverso de la misma, a la derecha del recuadro de firma.
Mi mujer, por desconocimiento, dio todos estos datos. Tras colgar el teléfono anulamos de inmediato su tarjeta de crédito. Antes de continuar debo ser justo y admitir que yo también di toda esa información una vez, al hacerme abonado de una operadora de televisión por satélite. Nadie nace sabiendo y me reconozco siendo injusto con ella por recriminarle (furioso) que regalara los datos de su tarjeta.
A raíz de pedirle perdón, pero con la tarjeta ya anulada, me puse a rebuscar por internet sobre este asunto, y me sorprendí al comprobar que no hay demasiada información al respecto. Vayamos por partes:
Cuando abonamos un producto en un establecimiento, y lo hacemos mediante tarjeta de crédito, estamos obligados a mostrar una documentación que, con ciertas garantías, demuestre que la tarjeta con la que pagamos es nuestra. Ésa es la razón por la que los dependientes de los comercios nos piden les mostremos nuestro DNI. Ellos lo hacen por curarse en salud: en efecto, la empresa gestora de la tarjeta de crédito no abonará al establecimiento en el caso de que se eleve una reclamación justificada por uso fraudulento de dicha tarjeta. Por tanto los comerciantes, dependientes y tenderos se cuidan muy mucho (o al menos deberían) de identificar pertinentemente a todos sus compradores.
El problema viene cuando compramos por teléfono o por internet. Como no podemos enseñar físicamente nuestro DNI, no hay posibilidad de demostrar que la tarjeta con la que compramos es nuestra. Como un apaño realmente burdo, las emisoras de tarjetas de crédito comenzaron a imprimir en las mismas el código CVV, que sólo aparece impreso en el plástico, y no viene grabado en la banda magnética, de manera que dicho código no viaja dentro de las transacciones telemáticas. Ahora bien, el código CVV no demuestra que tal tarjeta es de tal otra persona (¿cómo podría?); únicamente demuestra (y sólo hasta cierto punto) que aquél que da los datos de la tarjeta (nombre, número, validez, etc.) la posee físicamente, lo que no quiere decir que no se la haya sustraído previamente a su genuino titular.
Llegados a este punto es claro que las normas de comercio electrónico hasta la fecha permiten hacer transacciones comerciales con el poseedor de una tarjeta (sin verificar que sea su dueño). Así la responsabilidad de evitación del uso fraudulento de una tarjeta recae sobre el titular de la misma, quien debe anular la tarjeta en el mismo momento en que nota su pérdida o piensa que ha podido ser usada, o podría usarse fraudulentamente.
Personalmente encuentro razonable la responsabilidad anterior: a (casi) todos los efectos la tarjeta de crédito es como el dinero que llevo en el bolsillo; salvo que lo ponga a recaudo en otro sitio (a cambio de comisiones o estipendios), sólo yo soy el responsable de su custodia.
El código CVV se usa en las transacciones comerciales electrónicas, en donde, si la arquitectura es seria, la información intercambiada viaja de manera encriptada y no hay intervención humana, por lo que podemos sentirnos razonablemente confiados de que nadie va a usar posteriormente nuestra tarjeta de manera fraudulenta (siempre que poseamos realmente la tarjeta de la que somos titular). Sin embargo es legal hasta la fecha efectuar transacciones telefónicas con tarjetas de crédito. ¿Hasta qué punto son seguras estas transacciones? Desde mi punto de vista son tan seguras como dejar abandonada la billetera en el banco de un parque.
Vamos por partes. ¿Para qué quiere un hostelero todos los datos de mi tarjeta? En principio para resarcirse del daño que le causaré si finalmente no me presento en su establecimiento en la fecha convenida. Para cobrarme esa prenda sin tener a mano mi tarjeta sólo puede recurrir a una transacción electrónica (como cuando compramos en internet), para lo que precisará de mi CVV. Por eso me lo pide. En caso de que yo disfrute de mis vacaciones en su establecimiento lo anterior no es necesario, pues teniendo físicamente la tarjeta puede efectuar el cargo mediante un terminal bancario, una vez yo me haya identificado debidamente. Con las nuevas tarjetas inteligentes deberé incluso introducir mi PIN, para mayor seguridad.
Pero al darle mi CVV al hostelero le estoy posibilitando hacer transacciones comerciales exclusivamente suyas (aunque sea para cobrarse la prenda) con mi tarjeta de crédito. Este punto es clave: dar el CVV facilita en este caso que otros puedan hacer transacciones comerciales propias contra mi tarjeta. Estas transacciones pueden ir más allá del propio cobro de una prenda.
¿Hasta qué punto debo fiarme de la honradez del comerciante? Desde mi punto de vista la honradez del comerciante (que a priori se la supongo) no debe formar parte de esta ecuación: el dinero de uno debe estar a salvo con independencia de la honradez o falta de honradez de los otros. Debo proveerme de medios para garantizar que la probidad de aquéllos con los que comercio no sea un factor participante en la seguridad de mis transacciones.
Mi opinión al respecto es que, aunque sea legal que alguien te pida todos los datos de tu tarjeta, es tan legal como el que te pide dinero por la calle, con la diferencia de que lo primero es potencialmente mucho más peligroso. Por tanto creo que es una temeridad revelar a otra persona todos los datos de nuestra tarjeta de crédito, y en ningún caso estamos obligados a hacerlo.
Quisiera ahora ponerme en lugar del hostelero. Él tiene todo el derecho a resarcirse en caso de que nosotros como clientes no cumplamos con nuestro compromiso al efectuar la reserva. Pero si no debemos anticiparle los datos de nuestra tarjeta, ¿cómo se cobra esa prenda? La respuesta es mediante el pago de la señal o caparra de toda la vida. El hostelero debe ser flexible con el cliente y permitirle que éste le gire una transferencia bancaria con el importe que ambos acuerden como señal. En el caso normal de que el cliente se presente en el establecimiento, esta caparra se deducirá del montante final. Así es como se han venido haciendo tradicionalmente las cosas, y es un método infinitamente más seguro para ambos.
Y un último apunte para los más picajosos. ¿Quién garantiza que una transacción por internet es segura? Los portales fiables están respaldados por alguna empresa de certificación o verificación (VeriSign, por ejemplo) que garantiza que la arquitectura de comercio es segura tanto para el comerciante como para el cliente.
Publicado: 2011-08-02
En casi todos los viajes que he hecho, y desde que existe Google Maps, me gusta ver por satélite las cosas que ya he visitado (hay quien prefiere verlas antes de visitarlas). A veces no me produce ninguna sensación, mientras que otras veces me quedo maravillado de cómo la fisonomía del paisaje que he fotografiado está tan nítidamente perfilada en una vista zenital. El caso de Fuerteventura es asombroso.
Juguemos a cada oveja con su pareja. A continuación mostraré tres imágenes satelitales (de Google Maps) y tres fotografías mías:






El juego era bastante sencillo, ¿no? Y es eso lo que me maravilla. Por cierto, la playa de Cofete (en la segunda foto) es absolutamente impresionante, y no tiene nada que envidiar a ninguna del Caribe.
(Solución: 1-4, 2-5, 3-6)
Publicado: 2011-07-04
El resultado es que le he acabado echando la cruz a nuestro hotel isleño (expresión castiza que en este caso significa que no volveré). No voy a dar su nombre porque no quiero resultar injusto; según un montón de comentarios en páginas especializadas, tiene el mejor TI de Fuerteventura. Por tanto esto no es una crítica a dicho hotel, sino al concepto de TI español (TI1), en comparación con el de allende el Atlántico (TI2).
He aquí los motivos por los que NO le eché la cruz:
He aquí los motivos por los que SÍ le eché la cruz:
Lo mejor del viaje fue alquilar un coche e ir a conocer la isla. De eso hablaré en otro artículo.
Publicado: 2011-06-26